¨Melilla or Die¨

February 5, 2015

Madrid, España.

 

Melilla se esfuerza por mantener el mito de ciudad del mestizaje, de las tres culturas en convivencia. Sin embargo, Melilla está llena de fronteras que dividen y representa la materialización de la política de seguridad llevada a cabo por la Unión Europea basada en la idea de que la migración es una nueva amenaza(1).

 

Melilla es “almost Europe” y es “almost Marruecos”. Es la materialidad fronteriza pero también su subjetividad, es un estado de excepción. Justo cuando en Berlín se celebran los fastos por los 25 años de la caída del muro, el escenario fronterizo, tan común en nuestro planeta, se incrementa en Melilla.

 

En Melilla hay muchas Melillas. Está la Vieja Melilla, donde te da la bienvenida una estatua de Francisco Franco;  está la Melilla modernista, que se codea con Barcelona; la Melilla europea, que trata de recordarte que estás en “territorio de libertad, derechos humanos y democracia”. También la Melilla bereber, la de los orígenes, y la Melilla marroquí, la del vecino del sur que poco a poco se va convirtiendo en un socio de interés económico. Y hoy, más que nunca, existe la Melilla de la triple valla y de los medios de comunicación, la militarizada. Todos estos paisajes se engloban dentro de un espacio fronterizo total que se extiende más allá y que supone una de las brechas más profundas del planeta, la que separa África de Europa.  

 

Foto: Tino Varela

 

Constituida en sus orígenes como frontera de contención, Melilla se convirtió pronto en base militar para la extensión de la colonización del norte de África. Tras la ampliación de su territorio en el Tratado de Wad- Ras (1860) da comienzo su funcionalidad como puerto franco y comercial, actividad que vino a complementar a la militar. Si desde entonces las dinámicas de movilidad fronteriza, tanto de personas como de mercancías, se realizaban de forma más o menos permeable, va a ser la entrada de España en la UE el hito que marca un cambio significativo en dichos patrones de movilidad. Convertida en uno de los límites exteriores del sur de Europa, y junto a Ceuta en único territorio europeo en el continente africano, da comienzo el proceso de blindaje fronterizo de Melilla impuesto por Schengen. Una fortificación selectiva en función de intereses, donde hay unos pocos vencedores y muchos perdedores.

 

Schengen aplica en Melilla el principio de excepcionalidad, la impermeabilidad selectiva, que permite el flujo de ciertos ciudadanos, los residentes de la provincia marroquí vecina de Nador, y bloquea el paso al resto de compatriotas y ciudadanos africanos. Los nadoreños se convierten diariamente en mano de obra barata en Melilla y en porteadores explotados de ingentes cantidades de mercancías que pasan, de forma informal pero toleradamente por los dos gobiernos, a Marruecos. Melilla vive de su condición de frontera, siendo el conflicto de la inmigración y los flujos fronterizos recursos fundamentales. 

 

Su excepcionalidad geográfica la dotó tempranamente de una excepcionalidad fiscal que favorece un comercio que, siendo en buena medida ilegal, deja en las arcas de la ciudad autónoma una importante cantidad de ingresos[2]. Este “comercio atípico”, como se dice por allí, supone la única posibilidad de empleo precario y de pequeños ingresos para miles de personas marginadas, de ambos lados de la valla, que realizan estos tráficos diariamente por la frontera gracias a la excepcionalidad de Schengen[3]. Y Marruecos, a pesar de no reconocer la soberanía española del enclave, tolera estos flujos que suavizan el impacto de la ausencia histórica de políticas públicas en el norte del país[4].

 

Foto: Tino Varela

 

Por otro lado, la fortificación de las fronteras ha incrementado desde hace ya unos años los intentos de entrada de personas procedentes del resto de Marruecos y otros países africanos. El tratamiento de este fenómeno en los medios de comunicación hace visible en el mundo a Melilla, “le da vida”[5] y genera abundantes puestos de trabajo en ámbitos como el judicial, los servicios de abogacía, seguridad y policía, o en la hostelería que recibe periodistas y fotoreporteros.

 

La frontera es el paradigma de la complejidad, en ella se da la historia simultánea. Ocurren tantas cosas a la vez que se requiere una visión panorámica para poder ver con claridad lo disparatado del mundo (Scholöger, 2014)[6]. Convertirse en frâneur en la pequeña Melilla es una experiencia intensa, al permitir observar en unas pocas horas situaciones tan contrastadas y contradictorias como grotescas. Desde la playa a orillas del Mediterráneo, donde juegan tranquilamente unas niñas, llegas en pocos minutos al puesto fronterizo de Beni Ensar, donde te invade el caos y la basura, y donde multitud de mujeres de edad avanzada cargan con fardos de hasta 10 kilos en sus castigadas espaldas. Rápidamente desembocas en una calle comercial de maravillosas edificaciones modernistas, claramente occidental, donde se saborean buenos pinchos, se bebe cerveza o se compra en Zara, para, poco después, estar observando a un grupo de subsaharianos encaramados a la valla, buscando la vida y rodeados de policías y periodistas que tratan de impedírsela. La deriva puede finalizar en el CETI, donde una gran comunidad siria cocina sus alimentos en campamentos improvisados al aire libre en los que poder sentirse, aunque solo de forma aparente, en un entorno (re)conocido. Eso sí, compartiendo espacio (y panorámica para el flâneur) con el más que famoso campo de golf de Melilla y sus usuarios ricos[7].

 

Foto: Tino Varela

 

En Melilla se da la historia de forma simultánea; el tiempo y la acción histórica se condensan en un mismo lugar de pequeñas dimensiones. La frontera está al margen de la ciudad, y viceversa, pero ambas comparten espacio y tiempo. Se podría decir que se necesitan. El flâneur, en su deriva, nos confirma la fuerte segregación centro-periferia que caracteriza a Melilla. Una clara polarización que sitúa la vida pública y convencional, las imágenes que se venden turísticamente al visitante, y en general a la población de origen hispano, en el frente marítimo de la ciudad. En un espacio físico reducido, dentro de lo reducido del espacio total, que vive al margen de la frontera y del conflicto. Se trata de normalizar la vida y el lugar, como si no pasara nada, como si Melilla fuera un territorio más de una supuesta Europa democrática.

 

En una suerte de bandas que radian desde la costa hacia el interior, los paisajes van mutando, tanto física como socialmente, en tránsito hacia la triple valla, hasta Marruecos, hasta África. Una transición corta en distancia pero tan llena de fronteras internas que representa, a escala reducida, la polarización social y la injusticia espacial que caracteriza la ciudad contemporánea.

 

Al final, la Cañada de Hidum, el último barrio, el más alejado de ese frente marítimo de tramas y tipologías edificatorias occidentales. Barrio musulmán, tanto en lo urbanístico como en lo social, es la periferia de la periferia, lo más al sur de Europa, lo excluido y lo estigmatizado.  

 

Al igual que otras Cañadas que inundan las periferias de las ciudades del “primer mundo”[8], la de Hidum es una frontera, sin puestos, ni cámaras ni vallas metálicas cortantes, pero que ejemplifica la incapacidad del sistema democrático occidental, su falta de voluntad para reducir la brecha material que polariza cada vez más la sociedad. De esta forma, la frontera de fronteras que es Melilla se extiende, simbólicamente, por todo el territorio europeo que supuestamente se defiende desde el Sur.

                                                   

Foto: Tino Varela

 

[1] Texto resultado de una serie de derivas en Melilla, con el artista Tino Varela, los días 12 a 16 de octubre de 2014.

[2] La localización geográfica (de Ceuta y Melilla) justifica un régimen fiscal especial. El IVA no se aplica, y en su lugar el impuesto sobre la Producción, los Servicios y la Importación (IPSI) que graba entre un 0,5% y un 10%. Aunque la tasa que graba los productos y servicios es menor que en la península, la cantidad de productos que llegan a Melilla con destino Marruecos, hace que los ingresos en la hacienda local sean notables.

[3] El documental “Cien metros más allá”, del director Juan Luis de No, aborda esta cuestión de los porteadores informales en la frontera hispanomarroquí de Melilla http://steph.es/blog/2014/03/documental-cien-metros-mas-alla-la-vida-de-los-porteadores-en-la-frontera-de-melilla/

[4] Ausencia de políticas públicas en materia de empleo y economía, salud, educación, etc. Los habitantes de Nador, debido a este abandono por parte de su gobierno y gracias a la excepcionalidad de Schengen, cruzan la frontera tanto para conseguir unos escasos ingresos como para acudir al hospital de Melilla o a centros de educación, atención social, etc. inexistentes en su territorio.

[5] Como señala un profesor y artista melillense (quien no ha permitido que se le referencie) en una entrevista realizada en el mes de octubre de 2014.

[6] Scholöger, Karl “Terror y Utopía. Moscú en 1937”. Acantilado, 2014.

[7] La foto de José Palazón (PRODEIN) que publicó El País el 22 de octubre de 2014 y donde aparece, en primer plano, el campo de golf de Melilla y, al fondo, un grupo de migrantes encaramados a la valla, sin duda produjo un impacto social notable. http://elpais.com/elpais/2014/10/22/album/1413970252_742524.html#1413970252_742524_1413995468

[8] Al este de Madrid se encuentra la Cañada Real Galiana, asentamiento marginal e irregular de casi 15 km. de longitud y donde habitan más de 10.000 personas. Aquí también la principal comunidad extranjera e indocumentada es la marroquí.

 

 

 

 

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